Conversations with Domingo 2

Conversations with Domingo 2

Es lunes, 13 de febrero de 2017, a las 9 y 10 (pasadas) de la mañana.
Estamos entrando, Domingo Cahuich Caamal y yo, a nuestro Jardín Botánico, por el fondo del edificio 2, cuyo lobby atravesamos de principio a fin, para tener, in situ, otra conversación sobre su profesión, la Biología.

Esta vez he tenido la precaución de rociarme con repelente, encima del protector solar. Llevo un sombrero tejido hecho de papel, mis zapatos son adecuados para un paseo por la tierra, la piedra, la arena. Domingo, como cada vez que lo he visto, está como está. Unos zapatos negros cubiertos permanentemente por un polvo gris que viene del monte, de la selva y de la piedra, una playera color ciruela con una inscripción y un dibujo que han sido casi borrados por los muchos lavados, y un pantalón de jean gastado, no por capricho de la moda, sino por el uso.

Hay gente que tiene que prepararse para el encuentro con la naturaleza. Hay gente que ya es así, natural. 

Pongo a grabar el audio de nuestro intercambio, sostengo el teléfono cerca de nuestras bocas, me preocupa que se escuche bien la grabación porque voy a tener que transcribirla, y habrá nombres y palabras que Domingo pronunciará y cuyo significado no voy a conocer. Conozco sobre muchas cosas, pero, al igual que la mayoría de los seres humanos, no conozco nada sobre las cosas y los seres con los que convivo todos los días: animales, plantas, árboles, insectos, personajes mitológicos, duendes y fantasmas, expresiones en lenguas antiguas, misteriosas. Todo ello me circunda, me saluda, me afecta, me transforma. Sin embargo, todo ello me resulta ajeno, extraño, incómodo, hostil. Conozco de memoria los nombres -y también la vida y la obra- de los participantes de películas, series, programas de televisión y revistas de actualidad, y a cambio soy completamente ignorante al respecto de los personajes que me rodean, en la vida real, a cada paso de mi tránsito cotidiano.

Quiero hacerle cien preguntas. Pero, como sucederá en el paseo, vamos a poder dar apenas un paso a la vez.

– Domingo, si usted tuviera que hablarle a una persona que no conoce nada sobre lo que hacemos aquí, una persona que visita por primera vez nuestro Jardín Botánico, ¿qué le diría que hacemos? ¿en qué le diría que estamos?  

Domingo responde inmediatamente, como si le hubiera preguntado cuánto es uno más uno.

– Bueno… en primer lugar le diría que, cuando ingrese a este lugar, va a sentir algo natural, en el sentido de que parecería que nadie ha tocado lo que existe, nadie ha influido en el espacio, nadie ha diseñado especialmente un paseo para visitantes. Hay armonía y equilibrio. Y muchas personas podría interpretar que la selva crece así, salvaje y espontáneamente, que se cuida a sí misma, que se ordena a sí misma, sin necesidad de ayuda. Sin embargo, desde el primer día en que Arthouse comenzó a existir como proyecto, hemos trabajado meticulosamente, sin descanso, primero para decidir qué individuos conservar, cuáles resembrar en otro espacio, cuáles quitar, todo ello sin impedir que la selva preserve su propia energía, es decir, de alguna forma modificamos sin modificar, influimos amorosamente para no afectar, sanamos aquí sin enfermar allá.

Me asalta, de repente, la curiosidad. Me obliga a preguntar:

– Pero, ¿la selva no se cuida a sí misma? ¿La Naturaleza no es tan sabia, entonces?

Sonríe, con sus dientes plateados que brillan, y responde con paciencia:

– La selva se cuida a sí misma pero también se autodestruye. La Naturaleza es sabia pero no tiene una inteligencia estética ni funcional como tiene la humanidad. La Naturaleza permite que pase lo que pase. Es belleza en el caos. Pero eso no necesariamente favorecería la vida humana adyacente, ni el paseo fluido, o placentero, por este espacio. Hay individuos aquí que se mueren porque no tienen espacio para crecer y respirar. Hay plantas que podrían dar frutos, pero su ciclo se interrumpe porque los árboles vecinos les tapan el sol, o las golpean con sus ramas, o las ahogan con sus troncos. No se olvide, don Norberto, que las semillas se dejan caer en lugares que no necesariamente son fértiles o propicios, a veces las semillas caen donde caen, no en el lugar más favorable para el desarrollo ni el esplendor de sus especies. El ser humano sí puede, con su propia inteligencia, colaborar con el equilibrio armónico de la selva. Eso hemos hecho, eso hacemos, día a día, con humildad y respeto. Si alguien no escucha y no respeta, si no estudia y no aprende sobre la selva y sus habitantes, no es mucho lo que puede aportar, ni a lo uno ni a lo otro.

Nuestro desafío era (y es) ayudar a este espacio a convertirse en un hogar fuera del hogar; un espacio en el que el visitante pueda encontrar paz, armonia, sentirse acompañado y cuidado por las plantas silvestres, nativas, y las plantas de ornato, que ya se trajeron. Aquí el visitante debería poder encontrar lo que sea que haya estado buscando en su interior: conocimiento, alegría, inspiración.

De fondo se escucha una música, mayormente percusión. Siento que interrumpe la sinfonía que estábamos escuchando. Una que se interpreta sin instrumentos.

Me asalta una certeza. La convierto en una inquietud, y se la transmito.

– Cuando usted dice que las personas podrían sentirse “como en casa”, a mí me da la sensación de que estamos hablando de una casa muy antigua, Domingo. ¿Es así?

– Claro, exactamente -responde-.

Contesta siempre demasiado rápido. No tiene que buscar las respuestas en ninguna parte. Tal vez, él sea la respuesta a todas las preguntas. Como todos los demás, lo somos sin saberlo. Somos sabios, pero no ejercemos.  

– Me refiero -agrego- a una época en que la gente aún no tenía casas de cemento.

– Lo entendí así.

– La sensación -explico, más para enterarme yo que para que entienda él, que ya lo sabe-, es que conozco este lugar desde toda la vida, aún sin haberlo conocido antes. Como si dentro de mí hubieran existido antes estos sonidos, estos colores, estos aromas, y ahora, al encontrarlos, los estuviera recordando, los hubiera podido recuperar. No sé cómo describir esa sensación de familiaridad. ¿Usted cómo diría que es?

– Bueno, yo recuerdo mi propia infancia. Esta selva -muy joven, por cierto-, antes de ser lo que hoy es, era un monte. Yo crecí en el monte, escuchando los sonidos de los animales todo el día, viendo salir el sol en el lugar en que yo vivía, todas las mañanas. Por lo tanto, siento familiar este lugar porque en un lugar como este viví.

Se me hace un click, adentro. Reconozco este click como de una comprensión, o asociación, con algo que comprendo. Hace muchos más años, previo a la existencia de Domingo, todos los seres humanos vivieron de esa forma. Y como dicen que el ADN lleva y transmite información de la historia de cada persona generación tras generación, reconocemos lo que nuestros antepasados conocieron, aunque durante nuestra existencia física actual no lo hayamos experimentado y nos parezca completamente ajeno.

Algo, que llevo dentro de mí a nivel celular, se alegra cuando paseo por el Jardín Botánico, cuando me baño en el mar, cuando miro el cielo, cuando veo asomar el sol encima de los árboles en las mañanas. Ese mismo alguien se enmustia cuando alquilo un departamento con techos bajos y ventanas pequeñas, rodeado por edificios altos. Algo dentro de mí se enferma cuando estoy demasiado cerca y por demasiado tiempo  del cemento, del ruido de la calle. Alguien dentro de mí agoniza cada vez que me encuentro rodeado de cables y de electricidad, de ondas electromagnéticas y ruidos sintéticos. Aquí, ese alguien resucita, se tonifica, se alivia y se alegra.

– Domingo, ¿por qué sentimos simpatía por las plantas y la tierra y el agua y el sol, y antipatía por los bichos, que teóricamente pertenecen y vienen del mismo lugar familiar y natural?  

– Bueno, los árboles y las plantas producen el oxígeno que necesitamos para respirar, tiene cierta lógica que nos resulten simpáticos. Los mayas usaban plantas para espantar a los mosquitos porque no soportaban sus picaduras. Creo que el hecho de que ciertas cosas sean naturales no significa que sean amistosas o agradables.

Pienso: y viceversa. Y recuerdo:

– ¿Qué es lo que pasa con el Chaká, el árbol que quema la piel?

Se pone serio, por primera vez en el encuentro. Y me corrige, con ternura.

– El árbol que quema la piel se llama Chechém. El Chaká produce el antídoto para las quemaduras del Chechém. Por eso siempre crecen cerca, el uno del otro. Y al respecto de esos dos árboles hay una leyenda, que me gustaría contarle, si me permite.

Las historias y las leyendas me nutren como el oxígeno de los árboles. Cómo no le voy a permitir. Encuentro un árbol que me parece que es un Chechém. Pregunto:

– ¿Este que está acá es un Chechém?

– No -responde, seco, como yo si hubiera confundido un caballo con un elefante-.

Siento, al mismo tiempo, enojo hacia mí mismo, y alivio. A veces no saber es la única forma de evolucionar. Bueno, en realidad la forma es aceptar, que uno no sabe.  

Domingo señala un árbol cerca de nosotros y dice que es un Chechém. Digo, sintiendo preocupación:

– Pero entonces es peligroso estar aquí debajo. ¿Este no lo van a quitar?

– No. Es parte de la región, es parte de la historia de este lugar, es parte de la vida. Si únicamente permanecemos bajo su sombra, no nos hará daño. En ciertas ocasiones, si la persona es demasiado sensible, la sombra puede dañarle. Pero es un caso muy excepcional y extremo. En realidad, lo que hace daño es la savia, o la resina, que si llegan al contacto con la piel, la pueden lastimar.

– ¿Cómo puede entrar en contacto con la piel?

– Bueno, cuando un ave, por ejemplo, se posa en una rama demasiado delgada, y la quiebra, esa savia que cae puede dañar la piel. O también cuando la planta está sacando savia a través del tronco, y uno la toca accidentalmente, es cuando daña.

– ¿Qué es lo que se utiliza del Chaká, como antídoto de la quemadura del Chechém?

– Bueno, a veces se unta la parte interior del tronco sobre la herida y se frota suavemente. Otras veces, se cortan las hojas más tiernas del Chaká, se machacan, se les agrega medio litro de agua y se exponen al sol, durante medio día. Transcurrido ese tiempo, el residuo que queda debajo es como una resina pegajosa, que es lo que se pone en la piel dañada, e inmediatamente minimiza el dolor producido por la herida.

Leo la cinta con el nombre del árbol que confundí con el Chechém. Es un Sipche, o Manzanillo, o Cojón de Fraile, de los que hay sólo tres individuos en nuestro Jardín Botánico. Junto a él hay dos Ts’iits’ilché (lo pronuncia “Sisilché”), del que crecen quince individuos aquí. Seguimos caminando, y vemos a un señor que parece un monje zen, alisando, como si el mundo tuviera tiempo de esperarlo para siempre, la arena y la piedra molida del sendero que recorremos. Su nombre es Esteban, le digo que veo que trabaja con gran meticulosidad. Dice, con una enorme sonrisa, “hay que cuidar el lugar”, y cuenta que su trabajo es compactar el suelo para que no se levante polvo, para que sea prolijo.

Lo dejamos trabajar y seguimos paseando. Domingo me señala un Chaká. Miro instintivamente alrededor, encuentro el Chechém que lo acompaña.

Hay ruidos de obra, martillazos, gritos de unos trabajadores de la construcción a otros compañeros. El nivel de ruido es demasiado alto como para pasar desapercibido. Domingo pareciera no tener ni la menor idea de qué es lo que sucede a su alrededor. Es como para un humano el sonido de un silbato para perros. Imposible de escuchar, como si no existiera. Domingo escucha únicamente lo que dicen las plantas y los animales. Ese es su idioma, y la selva es su país.

– Me iba a contar la leyenda -desafío un poco su parsimonia-.

– Le comento, claro. La leyenda, según cuenta la civilización maya, dice que había dos jóvenes guerreros, hermanos, uno de los cuales se llamaba Kinich y el otro se llamaba Tizic. Kinich era un joven tranquilo, que se llevaba bien con toda la gente del pueblo. Lo admiraban mucho por su sabiduría y por la amabilidad con que trataba a las personas. En cambio, su hermano, era iracundo y corajudo, no tenía buena relación con la gente. Eran dos guerreros con la misma fuerza y casi las mismas habilidades. Como todos los jóvenes, se enamoraron. Kinich se enamoró de una princesa llamada Nictehá. Su hermano, ya imaginará, se enamoró de la misma mujer. Entonces pues, al ver que estában enamorados de la misma mujer, ambos tuvieron una pelea para decidir quién se quedaría con la muchacha. Al ver esto, los Dioses los llevaron a un sitio donde los dos hermanos debían pelear hasta que uno de ellos venciera. El vencedor se casaría con la princesa. La pelea entre Kinitch y Tizic duró muchos años. Al final, ambos cayeron muertos al mismo tiempo. Cuando llegaron al Inframundo, los dos muchachos suplicaron a los dioses que les permitieran regresar a la Tierra, a la vida, para ver a su amada una vez más. Los dioses les dijeron que les darían permiso de volver a la Tierra para ver a la mujer que amaban. Tizic volvió convertido en el árbol del Chechém, dañino para la humanidad. Kinich, su hermano, volvió convertido en Chaká, el antídoto para el daño que provocaría su hermano. Ambos llegaron a tiempo para ver morir de pena a Nictehá. Pero a ella también le dieron los Dioses la oportunidad de volver a la Tierra, convertida en la flor que lleva su nombre, y que crece cerca de los dos árboles hermanos.

Llegamos al lugar donde dentro de unos meses estará ubicada la puerta del teatro de Arthouse. Le pregunto qué se hace cuando uno ingresa a un lugar como este. Me recuerda la historia de los Aluxes, duendes de la selva y del monte, a quienes hay que “volver a convocar, contratarlos, traer un chamán para que haga una ceremonia, los reprograme, los convierta en guardianes de este espacio.”

Le pregunto:

– Domingo, ¿qué le diría, al lugar, alguien que quiere entrar a este espacio por primera vez?

Vuelve a hacer silencio. Piensa. Recorre con la mirada a su alrededor, como si las plantas pudieran darle las respuestas que busca.

– Bueno, diría “no les voy a hacer daño, al contrario. Los voy a admirar, a acariciar, para que cuando los toque me contagien su tranquilidad”.

– Dígame una cosa: si este lugar pudiera hablarle a un visitante, si el visitante pudiera, en ese momento, deshacerse de su contaminación, de su sordera, y escuchar… ¿Qué cree que este lugar le diría a esa persona?

Le señalo un árbol que está cortado, a unos sesenta centímetros del suelo. Le pregunto por qué no lo quitaron. Me responde que lo tiene que haber tirado abajo un huracán, que cuando llegaron estaba así, y que decidieron dejarlo como adorno. Es un Tzalám, un árbol que se usa para hacer carpintería de alta calidad.

– Creo que cualquier árbol de estos diría “gracias”. Gracias por estar aquí, acompañándonos. Creo que diría “mírame, aprende a ser fuerte, a soportar cualquier desafío que el mundo te traiga. Puedes perder tus hojas, incluso tus ramas, puedes perder una parte tuya, y sin embargo seguir de pie, haciendo frente a los elementos con dignidad y alegría.” Y al mismo tiempo creo que diría “está bien, está en paz. Hemos estado aquí desde un principio, desde antes de que ustedes llegaran hemos estado aquí. Hemos pasado por situaciones de combate, incluso frente a la madre Naturaleza, y sin embargo hemos crecido, y nuestras raíces se han fortalecido y nos han nutrido y empujado a seguir creciendo. Echa raíces, permite que la vida temple tu espíritu, aprovecha todo el alimento que llegue hasta ti, incluso lo que no entiendes o no sabes disfrutar”.

Encontramos un árbol cuyo tronco principal fue cortado. Una de sus ramas lo ha reemplazado, ella misma se ha convertido en el tronco principal, y ha crecido derecha hacia arriba, como si se hubiera mimetizado con el tronco que ahora no está y hubiera decidido tomar la posta y continuar su tradición, su trabajo.

Se llama Yaiteé, dice Domingo, un árbol fuerte, cuya madera se utiliza para leña.

Digo en voz alta: “esperemos que aquí no”.

Pregunto:

– ¿Por qué no hay árboles más altos ni más anchos en esta selva?

– Es por el tipo de suelo. Esta es una selva mediana. Los árboles pueden crecer hasta doce o quince metros de altura, no más. El motivo es que aquí hay demasiada piedra, las raíces no pueden crecer ni desarrollarse mucho, y los árboles sólo pueden crecer hacia arriba en proporción de cómo y cuánto crecen hacia abajo.

Llegamos al otro extremo del jardín botánico. Pregunto, para cerrar nuestro encuentro.

– ¿En qué está el Jardín ahora? ¿En qué estamos?

– Teóricamente, ya está hecho el trabajo principal. Quizás faltan algunas plantas más, trabajarlo un poco más allí atrás, pero ya se puede visitar.

Hago silencio. Pregunto cuántas palmas hay. Me dice que hay más de doscientas. Ahora están trayendo más, para los jardines de los departamentos.

– No se ven animalitos, ahora. ¿Es por la obra?

– Es por la obra. Pero a veces por la mañana temprano, o a la tarde, luego de que la gente de la obra se ha ido, se ven algunos pájaros, algunos roedores.

– El otro día vi una iguana muy grande, delante de mi coche, cerca de la salida. ¿Qué hace aquí?

– Se la cuida, aquí en Aldea Zamá. Se los cuida, a los animales. Por eso se los ve aquí.

– No he visto serpientes, por ejemplo.

Sospecho que nota mi preocupación al mencionar a las serpientes. Debe haber reconocido el cambio en mi tono de voz. Me hace sana-sana.

– Hay. Pero aquí en el jardín no son especies venenosas.

– ¿Cómo sabe usted que no hay serpientes venenosas aquí?

Se ríe.

– Bueno, para quien no ha estudiado Espetofauna, todas las especies son venenosas. La recomendación sería que si uno ve una serpiente, se aleje, nada más.

Vemos otro Chaká. Pregunto por el Chechém que debería estar cerca. Me dice que no está a la vista, que probablemente esté del otro lado. Me lo señala a lo lejos. Veo que se yergue sobre la terraza de un departamento. Pregunto por qué lo dejaron, lo pregunto porque sus ramas y sus hojas se extienden dentro de la terraza. Me responde que lo decidieron así, que pertenece a este lugar, que no quisieron quitarlo.

Llega la hora de despedirse. Se me ocurre hacerle un pedido.

– Domingo, ¿se puede conseguir una flor de Nictehá para ponerla a descansar aquí en el Jardín? Quisiera que haya un símbolo, quizás en uno de los descansos, de la mujer que espera, mientras sus dos enamorados pelean por su amor.

Domingo se vuelve incómodo, inquieto. Piensa, mira alrededor, mira hacia arriba y luego hacia abajo. Entonces el rostro se le transforma. Dice, sonriendo:

– Se puede.

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